Han pasado casi cincuenta años desde el mítico Woodstock en 1969. Casi medio millón de personas se reunieron a las afueras de Nueva York, en Bethel. Aquel fin de semana quedó inmortalizado como uno de los momentos -no solo musicales- más importantes de la historia.

Durante aquellos tres días, los organizadores dela gloriosa Feria de Arte y Música de Woodstock esperaban 60 mil personas. La policía, 6 mil. Finalmente llegaron 400 mil y 250 mil se quedaron atascados en el camino. Aquel recinto no estaba preparado para tal magnitud de espectadores, tanto que no podían controlar las entradas. El valor del boleto era de 18 dólares, sin embargo, el festival terminó siendo “gratuito” para la mayoría y los productores, en casi-bancarrota.

No fue el primer festival de rock, pero nadie más tenía la experiencia necesaria para enfrentarse a semejante producción. El milagro que hizo que Woodstock se llevara a cabo fue la capacidad de improvisación de sus organizadores. Más allá de la experiencia, hay un legado innegable que  le mereció al mundo.

Woodstock significó una despedida de la década de los sesenta, no solo en cuestión de tiempo, sino que marcó el final -o el inicio del final- de aquellos tumultuosos años marcados  la rebelión estudiantil y las protestas contra la guerra. Para aquellos que asistieron aquel fin de semana, el evento, anunciaba el advenimiento de una nueva era. Sin embargo, la euforia de ayer se convirtió hoy en resaca, porque más de 40 años después, no queda claro si Woodstock logró cambiar algo.

«El festival marcó en realidad el fin -no el inicio- de la revolución de los sesenta y de la contracultura»

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Y como Rich Hanley, profesor de periodismo de la Universidad Quinnipiac, dic: «El festival marcó en realidad el fin -no el inicio- de la revolución de los sesenta y de la contracultura. En 1971, ya todo había terminado. Las protestas cesaron. La generación Woodstock salió a buscar trabajo y el trabajo puso fin a la diversión».

Woodstock dejó en todo caso un legado que va más allá de la música. Aunque, irónicamente, el resultado más palpable fue la apropiación de la música rock por las empresas como fuente de ingresos. Los conciertos pasaron de reuniones improvisadas a operaciones que generan grandes sumas de dinero.

«Woodstock cambió la industria de la música», dice Stan Goldstein, uno de los organizadores originales. «Por primera vez se pudo ver el poder que tenían los artistas para atraer no solo a muchedumbres, sino muchedumbres con dinero para gastar». Al mismo tiempo, el elemento más característico y poderoso de aquel evento, una mezcla de hedonismo, pacifismo y activismo político, lo que Goldstein llama la “conciencia hippie”, se evaporó casi por completo.

Hoy los festivales generan mucho dinero pero no tienen aquella magia de poder definir una generación entera.

Fuente: Legado de Woodstock